Cerveza y predicación

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Llegar y pedirse dos cervezas. Sentarse y comenzar a hablar. Arreglar el mundo, pelearse por ver quién invita. Pagar, despedirse, y salir. Darse cuenta de que dos horas han pasado como una exhalación. Mirar, sentir, reír y sonreír soltar alguna lagrimilla. Filosofar a través de las burbujas, estimulados por el lúpulo y la espuma, por esa canción que tanto te gustan y acaba de empezar a sonar.

Allá donde haya una buena bebida y una mesa cómoda pueden salir cosas muy buenas. Los buenos bares suelen cumplir ese requisito, que además suelen acompañarse con un camarero amable. Recuerdo, con una cerveza en la mano, una apasionada discusión sobre la literatura de Shakespeare. Otra, mucho más tensa, cierta ocasión en la que por casualidad un sábado noche me topé con un estalinista con ganas de hacer proselitismo de lo suyo. En otra ocasión más reciente, el sábado noche se convirtió en un simposio teológico sobre el mal. Pero la gran mayoría de veces, cuántas veces se arregla el país en los bares.

Pero últimamente mis charlas giran mucho en torno a mi vida y en torno a mi fe. No ha sido nada buscado, pero cuando uno es fraile y queda con amigos y conocidos para compartir un rato de charla, es inevitable que salgan preguntas de todo tipo que, directa o indirectamente, tienen que ver con la fe.

Yo diría que para algunos es casi como una obligación: “mira, hoy viene el fraile, vamos a acribillarle”. Debo admitir que esta nueva faceta no me disgusta, aunque a veces pueda llegar a ser cansina.

Y no penséis que siempre son conversaciones fáciles. Me precio de juntarme con gente de actitud inquieta e inquisitiva, que muchas veces me plantean preguntas que no pueden responderse fácilmente. Pero ahí está, hay algo, una búsqueda. Y, sobre todo, un diálogo y una escucha. Hablar en un grupo pequeño en una mesa es entablar un diálogo entre cuatro o cinco personas en las que vale mucho más lo que uno sabe escuchar que lo que uno sabe decir, porque muchas veces uno encuentra ‘la pregunta detrás de la pregunta’. Porque somos así, a menudo decimos algo cuando estamos deseando decir otra cosa. Y porque esa escucha es todo lo que a veces hace falta. No es necesario tener respuesta para todo, es necesario saber de dónde nacen las preguntas. Muchas podrán responderse con el tiempo, estudio y dedicación; otras nos obligarán a buscar.

Pero sobre todo, son encuentros personales. Hay matices, miradas, gestos, sonrisas. La comunicación es cercana en todos los sentidos, y es uno de los pocos lugares en los que todavía no estamos más pendientes del móvil que de quien tenemos al lado.

En definitiva, se trata de aprovechar una ocasión de encuentro personal y cercano para hablar con sinceridad.

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Predicando sin palabras

El novicio que escribe se enfrentó el viernes de la semana pasada a su primera predicación. Acostumbrado a hablar en público, con una lengua que no calla ni debajo del agua, y frente a la tarea de predicar ante un impresionante público compuesto por… cinco personas. Trabajo fácil, pensarán; pues están equivocados porque me entraron más nervios que en mi primer día de prácticas.

Siempre me ha llamado la atención el uso que se da en este gremio a la palabra ‘predicar’, que casi siempre es sinónimo de homilía o variantes parecidas. En definitiva, de dar un discurso sobre algo tan importante como la Palabra de Dios, para que ayude a las personas que escuchan a conocerla y a sentirse acogidos por la Gracia. Casi nada. En la teoría todo el mundo defiende que predicar es algo que se hace en todos los aspectos de la vida, pero en la práctica el uso de este verbo ha quedado muy limitado. Entonces es cuando me sale la vena reivindicativa y digo que a ver si cambiamos un poco la forma de expresarnos. Que es obvio que se predica en una homilía. Pero también cuando da clase, cuando estudia, cuando pasea por la calle, cuando dedica tiempo a escuchar a alguien que lo necesita, o cuando es austero en sus gastos personales.

Y por reivindicar alguna forma de predicar en concreto, hoy haré publicidad del arte; pintura, música, cine, teatro, escultura, incluso arquitectura. Aquí van dos de mis cuadros favoritos:

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El primero es inconfundible por su estilo de luces y formas: El Greco. El segundo es un Caravaggio perdido durante la II Guerra Mundial, probablemente destruido. Se titula ‘La inspiración de San Mateo’ y fue desechado por el Vaticano, que obligó al pintor a hacer una segunda versión que mostrara más respeto por la santidad del apóstol. Estudiando Historia del Arte en la Universidad descubrí este cuadro y no me quito su imagen de la cabeza desde entonces; de eso hace ya seis o siete años. Parece como si el evangelista y el ángel dialogaran; como si el primero se viera sorprendido por todo lo que le está sucediendo, y el segundo le tranquilizara. Al mismo tiempo se ve un San Mateo que parece escudriñar en sus recuerdos al Maestro para hacerle justicia en su escrito. Se ve, en definitiva, a un hombre esforzado consolado y guiado por el ángel en su quehacer, muy lejos de un supuesto ‘éxtasis’ de iluminación. La fe cuesta.

Pero como este año veo difícil viajar a Toledo para ver los cuadros de ‘El Greco’ y tampoco espero encontrar milagrosamente el lienzo original de Caravaggio, me tendré que conformar con algo más cercano.

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Con este nombre el domingo se inauguró una exposición en el Convento de Santo Tomás de Aquino, en Sevilla, de la artista Puerto García Sierra (sobre estas líneas, una foto de la inauguración). Esta muestra pasó ya por Machacón (Salamanca) y Barcelona, ahora está en el sur. No es casualidad que esté en el claustro de un convento, donde permanecerá hasta Pascua. Para llegar a exponerse en este centro dominico de Sevilla ha pasado mil y una aventuras, hasta que finalmente una persona contactó con la persona adecuada, que a su vez contactó con la persona adecuada.

Y gracias a esta cadena que es de todo menos casualidad, tenemos la ocasión de mostrar unas obras “para rezar”. Lo pongo entre comillas porque no lo digo yo sino la artista, Puerto García. En sus obras nos ofrece una visión enfocada por sus ojos y su corazón de algunos de los pasajes más significativos de los Evangelios.

Entonces, me quedo mirando a su mendigo pidiendo en las esquinas, ese que abrió los ojos… y pienso que cómo no me va a acercar a Dios sentir esos trazos grises y dorados. Cómo no va a ser predicar sin palabras. O me acerco a los ojos que son viga, que son brizna y son espejo, para que me miren y yo me vea en ellos.

Una de las mejores cosas es que todo esto del arte exige tiempo e iniciativa. El cuadro (cualquier cuadro) está ahí, esperándo a que te acerques y le mires. Y te mires.

*la foto es de Valentín Miguel García Oviedo.