¿Qué ven que yo no? (Procesionando 2: Semana Santa)

Sobreviví a la Semana Santa sevillana, y puedo decir que con un aprobado alto, casi casi un notabe. No está mal para ser un primerizo en estos menesteres donde los capirotes desfilan media hora como hormigas delante del rostro hasta que llega el paso. Cinco minutos de avance y vuelven los nazarenos por parejas delante de mis ojos. Otros treinta minutos, y el segundo paso. Desbandada general, atasco de peatones (bulla lo llaman), y paciencia para buscar la siguiente cofradía. Búsqueda de caminos alternativos para tropezar con el menor número de espectadores y tener después un buen sitio. Vuelven a pasar los nazarenos, el paso, los nazarenos, el paso. A otra procesión. Y así varias veces cada día.

Desde el punto de vista de un forastero, la Semana Santta en Sevilla se podría resumir así. Búsqueda y espera para ver unos pasos que son obras de arte barrocas. Cristos y vírgenes expresivos, mantos de finos bordados, el son de las marchas. Algunos, como ‘El Cachorro’, imágenes espectaculares y expresivas. Otros, como la Macarena, objeto de gritos y alabanzas. Algunos, como el Gran Poder, entre un mistérico silencio mientras el viento se alía con los costaleros para animar al nazareno y que de verdad parezca andar.

Bonito y hasta precioso. Pero nada que para alguien de fuera le dé una respuesta. ¿Qué ven ellos que yo no? Creo que la respuesta puede estar en esta foto.

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Procesionando por Sevilla: ‘sencilla’ (I)

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Este domingo tuve ocasión de iniciarme en un rito que se repetirá durante este año con frecuencia: ver procesiones. Estamos en Sevilla y esto de sacar a pasear a santos, cristos y vírgenes no es sólo cosa de la Semana Santa, aquí la costumbre se mantiene todo el año. Aunque un 15 de septiembre a las siete de la tarde haga un calor para derretirse.

Lo bueno es que empecé por una de las más sencillas, la ‘Divina Pastora’, según me comentaron los guías autóctonos una virgen con muy buen ‘ambiente’ entre sus fieles. Yo la verdad es que no me fijo en esas cosas pero en esta ciudad la vida social de las cofradías es de prioritario interés para el periódico, que aquí es el ABC. Y para todo el mundo que lo compra.

Sí es bueno aclarar que lo que aquí se llama ‘sencillo’, en otros lugares se llamaría ‘barroco’. Como me dijo hace poco un sevillano, “esta ciudad se ha quedado en el barroco”. Si las cosas van bien, ¿por qué cambiarlas? Y a Sevilla le fue muy bien cuando era el puerto de salida a América, antes de que este punto se trasladara a Cádiz. Aquí embarcó, por ejemplo, Bartolomé de las Casas hasta las Américas. Y es un estilo que le va muy bien a esta ciudad, que tiene un cierto donaire de hidalguía en sus plazas, en sus esquinas. Y un orgullo de ella misma.

En sí, la imagen de la Divina Pastora no tiene nada de especial, excepto las ovejas que la flanquean (que quede clara la imagen). Quizá lo que resulta más sorpresivo de todo este estilo de las procesiones y de la imaginería es pensar cómo una pastora pudiera conducir sus ovejas con semejantes mantos. En realidad, la advocación correcta es ‘Madre del pastor’, o algo así. Es decir, que no es la virgen la pastora, sino su hijo. Cualquiera que sepa sólo un poquito de religión lo sabe.

Existen, eso sí, elementos comunes a todas las procesiones. Por ejemplo, que todo está medido al milímetro y que, cuanto más complicadas sean las cosas para los costaleros, mejor. El espíritu hace que todo tenga algún motivo, alguna tradición o historia asociada. En el tramo en el que nos propusimos ver a la Divina Pastora, ésta fue encaramada por los costaleros frente a frente con un convento de monjas de clausura. Pero luego dieron marcha atrás y dirigieron su ruta por la calle más estrecha de todas las posibles. Lo dicho, cuanto más complicado, mejor.

Como sabía que íbamos a una procesión, decidí subirme en un contenedor para tener altura. El viejo truco del fotógrafo. Pero existe, o debe existir, una especialidad de ‘fotógrafo de procesiones’ muy típico de sevilla. Van todos trajeados, repeinados, y llevan sus cámaras con un trípode o preferentemente un monopie. Así levantan su cámara y le hacen fotos a la Virgen. A mí eso no me termmina de convencer; quiero decir, la estatua nunca va a cambiar su cara, si está sonriendo no va a hacer una mueca o a ponerse bizca. Va a estar siempre igual… entonces vista una foto… todas vistas. El arte está en el adorno de las imágenes. Que si tales flores, que si tal mano, que si tal bordado, que si tal palio (esta no llevaba), que si tal o cual joya, la otra peluca, etc.

Pero la prueba definitiva que me hizo saber que no estaba ante un acontecimiento tan espectacular es que tenía espacio vital suficiente.