No creo en las vacunas pero sí en Dios

Tengo que admitirlo: no creo en las vacunas. Nada. Ni una pizquita de fe en ellas, cero patatero. En cambio, creo en Dios. Mucho o poco… depende del día, porque hay veces que el espíritu va mejor y otros en los que enflaquece. He de decir que de pequeño cumplí escrupulosamente todo el calendario, y antes de irme a la selva acudí al departamento de Sanidad Exterior para que me pusieran las inyecciones pertinentes. Y aun así, sigo sin creer en las vacunas.

Pero es que no hace falta creer en las vacunas para saber que funcionan. Los estudios realizados con contrastadas metodologías han hecho de esta técnica médica algo altamente corroborado; además, el empeño de quienes han ido en su contra ha traído consecuencias desastrosas1. Así que basta con remitirme a un conocimiento desarrollado a partir de la investigación y la observación médicas. Por supuesto, si en breve tuviera que salir a otro país lejano volvería a mirar si necesito protección contra alguna enfermedad. La efectividad de las vacunas no es una cuestión de fe, sino de ciencia. Probablemente, en el futuro inventen algo mejor que las vacunas.

Al mismo tiempo, creo en Dios. Por más que cuente cómo ha cambiado mi vida y lo importante que es para mí. Por más que insista en que el amor mueve el mundo. Por más que esté convencido de que hay vida después de la muerte… es algo que no podré demostrar apelando al conocimiento científico. Esto sí es cuestión de fe y de experiencia vital. Si una persona no tiene experiencia de Dios, es difícil que crea. Por otra parte, es difícil pero no imposible adquirirla: hay caminos para ello, como abrirse al otro, explorar el silencio, o buscar ese rayo de luz en la oscuridad. Siempre y cuando queramos aceptar que el conocimiento es mucho más que la ciencia y que la realidad es mucho más que lo físicamente sensible. Y aun así, una condición necesaria pero no suficiente.

Quizá uno de los problemas de este mundo es que estamos convirtiendo la ciencia en cuestión de fe.

vacunas

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Unas palabras de automotivación

Incertidumbre. Emoción. Entusiasmo. Confusión. Miedo. Insensatez. Descubrimiento. Aprendizaje. Desaprendizaje. Son palabras que de una u otra manera se pueden aplicar de manera especialmente intensa al periodo que precede a la primera profesión, llamada también ‘simple’, aunque no sé si tiene mucho de ese adjetivo. Esta amalgama de ideas sugieren un año desordenado, y a ratos lo es, de la misma forma que a ratos uno tiene la sensación de que todo encaja perfectamente. Por suerte, estos últimos momentos duran poco, porque si tuviéramos todo el puzle hecho probablemente estaríamos mirando mal.

 

Lo más peculiar del noviciado es que atisbas los derroteros por los que han ido muchos otros que lo hicieron antes que tú. Es como si vieras un bazar de ‘vidas posibles’ de lo que es ser dominico, para que uno se pregunte cuál le gustaría vivir. La respuesta siempre es la misma: “Ninguna de ellas, aquí no estamos para tener cromos repetidos en la colección”. Esta frase llena de romanticismo (creo) encierra el peligro de lo desconocido; pues vale.

 

“La realidad supera a la ficción”. Es una de las frases que más le habré escuchado al padre Ignacio en mis dos años en Sepahua, cada vez refrendada con la alusión a algún relato de su vida. Relatos de indígenas casi salvajes, relatos de terrorismo maoísta, relatos de viajes inverosímiles. Todo eso, desconocido hata el mismo instante de experimentarlo. Aventuras que, por supuesto, nunca fueron fáciles ni cómodas.

 

No sé qué me encontraré, pero tengo la esperanza ilusionada de que puede ser magnífico.

Las cosas por su nombre

Pedir perdón sin pedirlo. Decir ‘te quiero’ sin querer. Desear Feliz Navidad sin creer en la Navidad o próspero Año Nuevo sin pensar en ello. Las palabras no cambian la realidad, sólo son una puerta hacia la verdad. Por eso, tenemos que buscar la llave apropiada para la cerradura correcta.

De otro modo, en vez de entrar en el castillo de los cisnes, entraremos en las chabola dos manzanas más allá o más acá. Quizá debiéramos hablar menos y mejor.

Llevo tiempo pensando en ello, desde que un día en Segundo de Periodismo nos dieran una clase sobre los eufemismos en el tiempo político. Últimamente oigo muchas teorías que afirman que hay que cambiar el lenguaje para cambiar ciertas realidades más o menos buenas, más o menos discriminatorias. También sigo leyendo una variedad tan interminable como imaginativa de eufemismos políticos y económicos. Si quienes los crean mostraran la misma creatividad para el bien de la Humanidad, este sería un planeta mucho mejor.

No creo que el lenguaje cambie la realidad o la verdad en un sentido o en otro. Más bien, crea un estrecho pasillo para bordearla sin tocarla y sólo verla desde lejos. En cambio, la palabra exacta es una luz en la oscuridad, un foco que ilumina precisamente el objeto que queremos atrapar, sea como sea.

Personalmente, prefiero que la linterna me muestre al tigre con las fauces abiertas que a ‘un gatito meneando juguetonamente la cola’ para luego ser devorado sin remedio.