Una historia sobre responsabilidad social empresarial

Algunas empresas llegan desde fuera a un lugar donde el gobierno de turno les ha dado pemiso para entrar. Es entonces cuando se encuentran una realidad social muy diversa. Generalmente operan en zonas muy pobres y subdesarrolladas del planeta, ya que los recursos naturales no eligen dónde estar y, además, sus gobiernos suelen poner pocas trabas. Es el caso de REPSOL en el lote 57 de Perú, situado en la selva de la cuenca del Urubamba, un afluente del Amazonas. En esa zona viven mayoritariamente indígenas de etnia machiguenga, en lugares donde no hay carretera que llegue y sólo se puede llegar por río o por aire.

Cualquier empresa petrolera que saque gas de la selva gana muchísimo dinero, pero eso sería imposible si no compensa a quienes vivían allí desde antes.Eso cuenta con una gran dificultad: los indígenas no ven nada del gas que saca REPSOL, tienen apenas unas horas de luz quemando gasoil, y tienen que ver algo para no hacer el lío a estos forasteros. Para ello, la opción más deseada por cualquier compañía extractora es comprar al líder o líderes sociales. Sale más barato y fácil de manejar que tratar de llevar desarrollo o simplemente dar igual sueldo y condiciones a los trabajadores indígenas que a los de fuera por realizar mismo trabajo.

Cuento un ejemplo real, pero lo cuento omitienndo nombres de personas por dos motivos. Primero, porque las líneas maestras de esta línea narrativa pueden ser extrapolables a casi cualquier caso de los últimos 10 años. Segundo, porque quienes quedarían bien en esta narración son personas que, estoy seguro, no buscan reconocimiento, sino únicamente hacer su trabajo.

Y, cuando usted lea la palabra REPSOL, la puede sustituir por PLUSPETROL, por PETROBRAS, por HYDROCARBON EXPLORATION, o por cualquier multinacional extractora de hidrocarburos. Sólo que este es un caso concreto y la protagonista es esta empresa.

 

Becas con trampa

Un día, en España, un directivo de REPSOL se encuentra con el misionero, que lleva veinte años en el sitio en el que esta empresa ha montado hace su campamento y sus pozos hace menos de diez años. El misionero es español conoce a los indígenas, vive con ellos, y ellos le tienen en alta estima. El directivo también le tiene en alta estima, y se sorprende de que en este tiempo la empresa haya estado completamente cerrada al diálogo con el misionero, así que da la orden de que trabajen con él en Relaciones Comunitarias, ese rubro que administra el escuto presupuesto de ‘Responsabilidad Social Corporativa’. Es decir, “yo te saco el gas y te contamino el río pero te doy algunas migajas”.

Pasan los meses y nadie llama, hasta que un día suena el teléfono en la misión. Es el jefe de relaciones comunitarias zonal, que queire hablar con él. Que muy bien, que le visite, dice el el misionero. No mucho después, se presenta en la misión un hombre serio y con un frondoso bigote. Dice que quieren colaborar con él, que tienen 60.000 dolares para ayudar a estudiantes. Ese dinero llega, pero llega seis meses después, cuando los estudiantes ya han acabado su año académico y mantenerlos ha sido una dificultosa carga para la misión, ayudada por el gobierno local. Ese mismo año se crea un comité de becas en el pequeño pueblo de la misión, así que todo el dinero que al final dará la compañía petrolera se gestiona a través de esa institución.

Durante esos seis meses, REPSOL busca otro misionero. Más joven, vive más cerca del campamento base de operaciones de la empresa en la selva, a sólo veinte minutos. Le envían una jugosa propuesta: noventa becas integrales de estudios superiores para estudiantes que terminen la Secundaria. Ah, muy bien, vamos a ver las condiciones, dice el otro misionero. La petrolera dice que no, que le dan el dinero a él el otro misionero y se encarga de administrar absolutamente todo. Por supuesto, eso significa hacer el seguimiento de 90 alumnos gratis et amore, durante 7 años, pagándose viajes a Lima, dándose tiempo para hacer informes, etc. Las medallitas, por supuesto, se las colgará la compañía.

El otro misionero no es tonto, y se da cuenta de lo que se viene encima. Hay implicadas muchas comunidades nativas, asi que pide que ellas mismas aprueben por escrito que tales ayudas a indígenas sean administradas por él. Además, para una administrac ión más eficiente contacta con una entidad que lleva años trabajando en la selva, la conoce bien, y tiene sede en Lima. Claro, cobrarían un sueldo durante esos años para poner a una persona que se dedicara a gestionar los estudios y hacerlo bien. Tales condiciones le parecen inaceptables a REPSOL.

Meses después, REPSOL contacta con el misionero, el primero con el que contactaron. El jefe de bigote de ponerle en contra de su compañero durante una reunión en Lima, y asegura que la condición de que los indígenas dijeran que querían esas ayudas era “inadmisible”. Y le intentan endosar todo a el misionero, que respone que ya hay un comité de becas. La jugada queda en tablas y quedan volver a reunirse.

En la última reunión, REPSOL envía no al hombre de bigote, sino a su subordinada, hasta la misión. Ella lleva el documento del proyecto, al que le han cambiado poco. La reunión dura tres horas y también están el alcalde distrital y el responsable del comité de becas. El año académico comienza en una o dos semanas, dependiendo del centrro de estudios, y la subordinada dice que las becas llegarán en tres o cuatro meses como pronto: la burocracia. Además, insisten en que el misionero administre las becas, no el comité. Por supuesto, sin dejar ni un euro para las labores de supervisión. Dinero que sí aparta REPSOL para su personal, pues al parecer para ellos sí es necesario gastarse dinero en inspecciones esporádicas, dinero que no hace falta para hacer un seguimiento. Quieren, además,que las becas lleven nombre y apellidos. El de los hijos de los jefes de las comunidades de las que se saca el gas. Les responden que no, que eso no funciona, que cuando al niño pituco de la comunidad le diicen que le van a pagar estudios lo que él entiende es que le van a pagar tres o cinco años de vacaciones en Lima. La subordinada dice que entiende todo, pero que lo comentará con su jefe. Y sigue insistiendo en que el comité de becas no, que mejor el misionero. Y la reunión vuelve a terminar en tablas, porque ella no tiene capacidad de decisión. Siendo bien pensados, estamos como mucho ante un error. Si quieren ayudar en educación, que cuenten con los que saben, al igual que un profesor no va a ponerse a organizar un campamento extractor de gas natural. Cosa que no hacen.

Mientras tanto, el comité de becas preocupado por reunir dinero para que los jóvenes sin recursos de su zona, que son muchos, estudien, viéndose obligados a rechazar un dinero presentado como un regalo pero que envuelve en realidad una trampa.

De este comportamiento abusivo de las empresas que utilizan su Responsabilidad Social Corporativa para comprar voluntades de jefes indígenas se va aprendiendo. Existe una universidad de reciente creación administrada por franciscanos. En los pocos años que funcionan, han recibido ofertas muy similares a estas. Y las han rechazado todas: “Nosotros ponemos las condiciones”, ha sido la respuesta. Es decir: “Ayudamos a todos con las mismas normas, no damos prioridad a los hijos de los jefes”. Incluso pasando las empresas por el aro de esta universidad, ha habido problemas de jóvenes estudiantes a quienes la petrolera de turno les aseguraba becar personalmente, y que pidieron un trato diferenciado de los suyos.

Por ahora, la historia de REPSOL está inconclusa. No ha habido un no, pero tampoco un sí. Hay que consultar con el jefe. Mientras tanto, los alumnos van a comenzar sus clases. Ayer, por ejemplo, salió uno de esos alumnos que tendrán que ser ayudados, y que espera estudiar Técnico en Enfermería. Una cosa doy por cierta, con REPSOL o sin REPSOL este joven estudiará porque hay gente a la que de verdad sí le importa que él estudie y sea el primer técnico en enfermería de su comunidad, con ello un agente de su progreso.

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Carta a sus majestades los Reyes Magos de Oriente

 

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Sé que llegar del lejano oriente al lejano oeste en el que se encuentra Sepahua es más complicado que llegar sólo al oriente próximo. Aun así, como sois magos creo que tenéis el poder para hacer un esfuerzo. Te lo pido sobre todo a ti, Melchor, porque cuando era niño siempre me traías los regalos. Debía de ser un niño un poco raro, porque todos preferían a Baltasar. No lo entendía, tu larga barba blanca siempre me ha dado una seguridad inigualable por tus dos compañeros. Gaspar y Baltasar, espero que no os ofendáis, os voy a dejar esta noche lo mismo que a Melchor.

Me perdonaréis que no ponga mazapán en mi zapato. Aquí no gasto de ese tipo de calzado, así que me limitaré a dejar algo en la sandalia. Quizá unas galletas os tengan que bastar; en este lugar del planeta son todo un lujo. O un poco de yuca. Para beber sí que voy a ser mucho más original, he aprendido a pelar cocos con mi machete: podréis beber su agua, que además limpia el estómago. ¡ah! Y no vengáis con mucha ropa, el calor en la época de lluvias es sofocante.

Puede que hubiera tenido que escribir esta carta hace meses, pero sé que, como sois magos, leeréis este blog y os dará tiempo. Además, tenéis seis horas extra para llegar a tiempo a Sepahua desde Europa.

Así que voy a pasar ya a escribir mi lista de pedidos. Voy a empezar con agua potable. Hiervo el agua siempre antes de beberla, y aun así he tenido que pasar tres veces por diarrea. Para parar dos de ella necesité medicación. Pero en Sepahua, casi nadie tiene medicación, y tampoco hierve el agua. Así que imaginaos.

De verdad, si tuviéramos agua potable podríamos ayudar a combatir la desnutrición crónica infantil. No sé si lo sabréis, pero la gran mayoría de los niños menores que viven en Sepahua padecen este mal porque comen poco, y lo poco que comen, lo digieren mal por un agua insalubre. Me acuerdo de Jacob, un joven de 16 años que se ha quedado en el metro y medio de alto. Bueno, quizá exagero y es 1,55 mt.

Sé que lo tenéis fácil, que aún quedan doce meses para traer agua potable y que desde la Municipalidad ya están en ello. Pero, por favor, aseguraos. También os pido agua potable para las comunidades que están fuera del núcleo urbano. Allí, la desnutrición llega a niveles alarmantes: ocho de cada diez niños. Algunos miden incluso 15 centímetros menos de lo que deberían para su edad si es que estuvieran bien alimentados.

También os voy a pedir que habléis con los espíritus del río y del bosque, esos en los que creen aquí, para que no les falte de nada. Con los malos, como el tunche, para que no molesten más a aquellos que salen a cazar o pescar. Con los buenos, como el picaflor, para que les den facilidades en abundancia. Porque muchas veces no tienen para comer más que arroz, plátano o yuca, y muy poco o nada de carne o pescado. Como sabréis, Reyes, las proteínas que dan esos alimentos son esenciales.

Os voy a pedir alguna cosa más. Sí, ya sé que mi lista se está haciendo larga e imposible. Pero lleváis más de dos mil años sin pasar por el Bajo Urubamba, así que algo tendréis guardado, ¿no?

También os pido que acabéis con las disputas internas de las comunidades nativas. Disputas que están siendo aprovechadas por las grandes empresas multinacionales de hidrocarburos, que de este modo pueden expoliar los recursos del subsuelo sin dar nada a cambio; a lo sumo unas migajas. Esta tarea es muy dura, llevan año y medio en peleas, incluso entre familiares y compadres. Pero merece la pena. Sé que tendréis buenos aliados a lo largo de 2012, gente buena como la enfermera Clara que quiere lo mismo que yo y a quien respeta toda su comunidad.

Os podría hacer una lista mucho más larga, pero entonces no dejaré nada para 2013. Os podría pedir que el índice de pobreza de Sepahua descendiera, estamos en un 86% a pesar del aumento de la renta per cápita en estos años de presencia de petroleras. También os podría pedir que quitaseis la contaminación en el río, pero eso todavía es muy complicado y con que no empeore el estado actual, me conformo.

Sí os voy a pedir una cosa más, la única que es para mí. Trabajo en una radio que pertenece a la Misión de Sepahua, sí, esa en la que el padre Ignacio, ese cura de la Ultzama, lleva casi 20 años. Pues bien, os pido que Radio Sepahua consiga este año su emisor de FM de un kilowatio de potencia. Es para que nos puedan escuchar las comunidades asháninka de Capirona y Onconashari, y la comunidad nahua de Santa Rosa de Serjali. Así podrán estar informados de lo que sucede en su región, en su país y en su mundo. Sabéis lo importante que es el conocimiento y la información para que a uno no le engañen. Ayudadme, si podéis, a conseguirlo. Pero centraros antes en el agua potable.

Atentamente,

Asier

PD: Por si no sabéis como llegar a Sepahua, os lo indico. Sólo tenéis que volar hasta Lima, hacer un viaje en autobús de 12 horas y luego una hora en avioneta. No os preocupéis, el piloto de la avioneta, que se llama Enrique Tantte, lleva 25 años trabajando con ese modelo cessna. Seguro que si le decís que sois los Reyes Magos os hace un descuento, porque es muy buena persona. La avioneta se llama ‘Alas de Esperanza’.