El padre Lobo nos dejó

Parecía eterno pero no lo era. Así fue como el padre Lobo nos dejó en mayo de 2013, al menos en cuerpo. Tenía ya 88 años, pero en enero había presentado sus memorias y preparaba ya otro libro. Ganas no le faltaban, pero fuerzas sí.

 

Tuve la suerte de conocer al padre Ricardo Álvarez Lobo en septiembre del año pasado, cuando me contó que estaba por publicar sus memorias. Me invitó a la presentación desde ya, y por suerte pude acudir estirando una de mis estancias en Lima. Él me enseñó el archivo que tenía en el Santuario de Santa Rosa, y me dijo que en cuanto llegara el verano lo disfrutaría. Este último verano del hemisferio sur, sin embargo, no lo ha podido disfrutar como él hubiera querido porque tuvo varios problemas de salud.

 

Por aquellas fechas llegaron mis padres a visitarme a Perú, y me regaló dos piezas de cerámica que ya están adornando la casa de mis padres y mi hermano en España.

 

Ricardo Álvarez Lobo llegó un 20 de octubre de 1952 a Sepahua, unos meses después de haber llegado a Lima. Según cuenta en sus memorias, estuvo viajando todo el día con un peque-peque de doce caballos de potencia desde el Sepa hasta el Sepahua, donde le esperaba el padre Francisco Álvarez y varios sepahuinos.

 

Años después, en una época de crisis de las misiones, se fue a París a estudiar antropología, y se doctoró en la Universidad París VII. Y esos conocimientos le valieron para generar toda una teoría antropológica centrada en los pueblos indígenas. En cierta ocasión, el padre Lobo afirmó que para hablar sobre los pueblos indígenas había que vivir cuarenta años con ellos, como él. En parte destapaba una realidad palpable; la antropología del siglo XX ha sido tratada como una ciencia experimental cualquiera en la que los investigadores formulaban una hipótesis y tenían que demostrarla costara lo que costara.

 

En cambio, el padre Lobo ha vivido con ellos y todas sus teorías las ha visto evolucionar por largo tiempo. Una de sus teorías más interesantes es la que afirma que las sociedades indígenas son dinámicas y tremendamente adaptables a las nuevas culturas y al progreso. Eso significa valorar la capacidad de los pueblos originarios de la selva para avanzar por sí mismos, quitando el victimismo o el paternalismo, actitudes que critica duramente. En algunas partes de sus escritos (no me he leído todo, pero sí una buena parte) se podría decir que utiliza una especie de dialéctica marxista al oponer los foráneos que vienen a explotar al indígena con el indígena explotado. Pero no se queda ahí, le da la vuelta y comenta los métodos de respuesta de estas sociedades para sobrevivir a esto.

 

Cuando el padre Lobo llegó a Sepahua, en el año 1952, todavía existía la esclavitud, el tráfico de esclavos, sobre todo niños. Después, se han dado otras formas de explotación que, si bien no eran esclavitud, eran igualmente perjudiciales. Los madereros, por ejemplo. Y luego los petroleros. Por ejemplo, el padre Lobo lideró el asalto al campamento de la compañía Shell en Sepahua. Pero no fue una actuación gratuita, ya que esta compañía había acordado dejar todos los equipamientos de su campamento en Sepahua, y cuando se iba de este lugar, se estaba llevando todo. Así que ayudó a que los pobladores sepahuinos recuperaran lo que era suyo, de una forma u otra.

 

Cuando se creó el distrito de Sepahua, fue el opositor más férreo. Sin embargo, aceptó la alcaldía y aprovechó en su gestión sobre todo para documentar a los indígenas, este había sido el principal objetivo de los misioneros dominicos en el Perú. Que el propio estado los reconociera como ciudadnos. Y tristemente sigue siendo necesario luchar para que el estado peruano reconozca a todos los indígenas como ciudadanos, cosa que no ocurrirá mientras perduren las ‘reservas de indígenas en aislamiento voluntario’. Yo prefiero llamarlas intento fallido y abocado al fracaso de cárceles.

 

No todo l oque hizo el pader Lobo tuvo resultados positivos, pero en lo esencial consiguió, con un carácter fuerte, que varias etnias muy diferentes entre sí convivieran entre ellos y recibieran una educación igual que cualquier peruano. Consiguió que muchos fueran profesionales. Y consiguió refutar desde la antropología a muchos antropólogos que más parecen turistas.

 

Una vida intensa, vivida hasta el último aliento con ganas. Pero esto es un aviso. La muerte del padre Lobo, me atrevo a decir, es un prólogo del rosario de obituarios que será necesario escribir en los próximos veinte años si hablamos de las misiones dominicas en el Perú. Al menos, teniendo en cuenta la edad de la mayoría delos misioneros que se encuentran en esta zona: sólo conozco dos menores de sesenta años. Mucho se ha hecho, pero mucho queda por hacer y sería necesario qque alguien pusiera un medio. ¿O tendremos que empezar ya a escribir la historia de las misiones en el Perú?

Anuncios

Comentario del libro ‘El otro es mi espejo’

presentacion libro
El martes 15 de enero cayó en mis manos un libro titulado ‘El otro es mi espejo: Un Dominico, Misionero y Antropólogo’, escrito por el padre Ricardo Álvarez Lobo, OP a modo de memorias. Recibí el ejemplar de manos del propio autor, junto con una invitación a la presentación del libro, que fue el viernes 18 de enero.
Hace unos días terminé con la lectura de estas más de 500 páginas, todas ellas centradas en un lugar muy claro: Sepahua. Después de cumplir con la obligación de enviar al autor mi comentario, me he decidido a escribir una reseña de este libro en el blog. Un libro marcado por la trayectoria vital e intelectual del padre Ricardo Álvarez Lobo, a quien sus compañeros conocen como ‘El piro’, por la gran implicación que tiene con esta etnia de la amazonía peruana.
Ricardo Álvarez Lobo ha permanecido más de sesenta años en el Perú, cincuenta de ellos en el Bajo Urubamba, para lo que sólo habría que descontar unos pocos años que invirtió en estudiar Antropología en París. Además, habla perfectamente el idioma yine (o piro). De ahí que su voz es ya de por sí toda una autoridad; mientras el resto de antropólogos permanecen un tiempo en las sociedades que estudian, él ha vivido con ellos y ha sido agente de su evolución.
Cuando uno se enfrenta a un libro, si conoce al autor y ha leído previamente algo de él, podría esperarse un texto científicamente muy riguroso y poco amigable, como su serie ‘Sepahua’. Sin embargo, y en línea con su anterior publicación ‘Sepahua: viviendo la esperanza’, este texto es alcanzable por cualquier persona con una formación media. Es accesible en casi toda su extensión, aunque hay algunos pasajes que siguen siendo muy pesados.
Esta transformación en el lenguaje no habría sido posible sin Rafael Alonso, director del Centro Cultural José Pío Aza, gran conocedor de la selva y dedicado a la divulgación de la labor misionera de los dominicos en el Perú.
Sintiéndome privilegiado por contar con el libro antes de la presentación, enseguida comencé con su lectura. Las primeras 160 páginas fueron como la seda, a partir de ahí el libro comenzó a ser un tanto farragoso y hasta que no llegué más o menos a la 300 no recuperé el ritmo, ahí sí hasta el final. Así que, antes de entrar a considerar más detalles, se puede decir que es una obra con un principio muy bueno, capaz de enganchar a cualquier lector a quien le guste la aventura. Después, hay una parte media que decae y aunque está correctamente escrita y cuenta cosas interesantes es un corte negativo. En la última parte del libro sí que empieza a remontar y termina en un buen nivel, aunque sin recuperar el de los primeros capítulos.

Experiencia lectora
La explicación de todo esto es que, en cierta manera, me sentí engañado. Ya en septiembre el padre Ricardo me comentaba que había escrito sus memorias y las iba a publicar, que me invitaría a su presentación (como así fue). Así que cogí el libro con la promesa de leer las memorias de un antropólogo que conoce la selva del Bajo Urubamba como la palma de su mano; y así fue hasta más o menos la página 160. Después, el libro comienza a adentrarse en disquisiciones antropológicas y abandona la estructura narrativa o, por lo menos, la deja en un plano muy sencundario. Nos deja de contar la película de su vida (realmente emocionante) y empieza a contar sus visiones antropológicas. No se trata de que nos cuente reflexiones o estudios poco interesantes, se trata de que de repente el libro cambia de registro y no está plenamente justificado.
Después de varias reflexiones antropológicas, llegan dos de los capítulos que más prometen, los dedicados a los sharanahuas y la experiencia de su contacto con la civilización. Los capítulos nos dan información muy útil pero son prácticamente un corta-pega del boletín Slopa, una revistita escrita por el propio Álvarez en los años 80 en la Misión de Sepahua.
Y por último tenemos varios capítulos en los que el padre Ricardo Álvarez desarrolla los puntos principales de su teoría antropológica, con rigor científico, mientras alterna algunas anécdotas sueltas que le llevaron a pensar en esas mismas teorías. Estos capítulos recuperan el ritmo, pero tienen algunas partes en las que su lectura se hace muy pesada y, definitivamente, no es un tema accesible para el gran público en bastantes de sus páginas.
De estos capítulos me quedo con sus reflexiones sobre la familia yine (o pira). Es el tema mejor estudiado por el padre Ricardo desde el punto de vista científico, pero en algunos puntos se hace de difícil comprensión, precisamente fruto de todos los datos que nos da el libro. En este apartado se relaciona con mitología, con teorías antropológicas, y con otras referencias que dan una visión de matices valiosos.

Qué le falta al libro
Ya hemos comentado algunas cosas que sobran al libro o que lo hacen difícil. Pero lo que le sucede a esta obra es que a quien conoce al padre Ricardo le faltan pasajes, tratándose de unas memorias. Fue el primer alcalde del distrito de Sepahua, tuvo muchas experiencias por el Inuya con los amahuacas y trabó amistad con algunos de ellos, tuvo una destacada actuación en los años 80 cuando la compañía petrolera Shell estuvo en Sepahua y se invadió su campamento… y nada de eso se relata en el libro.

Conclusión
‘El otro es mi espejo’ Merece la pena si uno está interesado en Sepahua, y también si uno está interesado en la historia de los indígenas en Perú en los últimos sesenta años. También merece la pena si uno quiere ampliar sus conocimientos sobre la antropología amazónica. Tiene algunos pasajes difíciles mientras que otros se leen con facilidad.

el otro es mi espejolibro

  • Título: ‘El otro es mi espejo: Un Dominico, Misionero, y Antropólogo’
  • Autor: Ricardo Álvarez Lobo, OP
  • Editorial: Centro Cultural José Pío Aza
  • Páginas: 576
  • Costo: 50 S./