Una gran familia

El pasado fin de semana viví una experiencia especial. Jóvenes que de diferente modo compartimos el carisma dominicano tuvimos día y medio para conocernos en Guadarrama (Madrid). Ahí estábamos frailes, religiosas, grupos de Movimiento Juvenil Dominicano, el grupo ‘Espiga’ de Sagunto, varios grupos más en torno a parroquias y colegios de frailes y religiosas.

Ahí estábamos todos, “junt@s tras los pasos de Domingo” (nota: odio el uso de la @, pero es que el título era así). Más o menos unos setenta; sin duda, no estábamos todos los que somos, pero sí somos todos los que estábamos, y eso es una gran noticia. La de sentir que compartes con gente repartida por toda la geografía española una ilusión por un proyecto común, además uno muy serio: el de la predicación.

No estoy seguro de si deberían hacerse muchos o pocos encuentros de este tipo. Pero sí estoy seguro de que son positivos porque nos ayuda a profundizar más en el sentido de nuestra vida. A veces nuestra brújula vital sufre vaivenes y no sabe muy bien por qué dirección llevarnos. A veces aparecen imanes que tratan de equivocarnos. Por eso ayuda pararse, y más si lo hacemos todos juntos, o dicho de una manera más dominica, ‘en comunidad’.

Demasiado a menudo tenemos la sensación de ser unos locos que vamos a contracorriente, y en cierta manera es verdad. Al fin y al cabo, para muchos de los jóvenes que vinieron, explicar a sus amigos que se venían un fin de semana a pasar frío a una casa de la sierra de Madrid a una cosa de Iglesia… no sonaría demasiado atractivo.

A mí me gusta decir que lo que somos es ‘alternativos’, ofrecemos otro modo de vivir la vida y ponemos nuestro norte en algo en que ningún anuncio de la televisión lo pondría. Tampoco engañamos, advertimos que el camino no es fácil; pero al mismo tiempo mostramos que hay miles de ejemplos de que se puede recorrer y que eso es una gran alegría.

Al fin y al cabo, los dominicos llevamos recorriéndolo 798 años y los que nos quedan. Por mi parte, sólo agradecer a todas las personas que conocí allí el que me transmitieran sus ganas, ilusión y alegría. Ahora, cuando vuelvo al día a día, es bueno recordar los momentos que me dicen por qué estoy aquí.

(la foto es un ‘selfie’ que he escogido porque aparecemos los dos navarricos que allí estuvimos, pero a lo guay porque lo hice con la Canon 7D. Es que hacerse un ‘selfie’ con un móvil es ‘mainstream’)

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¿Qué ven que yo no? (Procesionando 2: Semana Santa)

Sobreviví a la Semana Santa sevillana, y puedo decir que con un aprobado alto, casi casi un notabe. No está mal para ser un primerizo en estos menesteres donde los capirotes desfilan media hora como hormigas delante del rostro hasta que llega el paso. Cinco minutos de avance y vuelven los nazarenos por parejas delante de mis ojos. Otros treinta minutos, y el segundo paso. Desbandada general, atasco de peatones (bulla lo llaman), y paciencia para buscar la siguiente cofradía. Búsqueda de caminos alternativos para tropezar con el menor número de espectadores y tener después un buen sitio. Vuelven a pasar los nazarenos, el paso, los nazarenos, el paso. A otra procesión. Y así varias veces cada día.

Desde el punto de vista de un forastero, la Semana Santta en Sevilla se podría resumir así. Búsqueda y espera para ver unos pasos que son obras de arte barrocas. Cristos y vírgenes expresivos, mantos de finos bordados, el son de las marchas. Algunos, como ‘El Cachorro’, imágenes espectaculares y expresivas. Otros, como la Macarena, objeto de gritos y alabanzas. Algunos, como el Gran Poder, entre un mistérico silencio mientras el viento se alía con los costaleros para animar al nazareno y que de verdad parezca andar.

Bonito y hasta precioso. Pero nada que para alguien de fuera le dé una respuesta. ¿Qué ven ellos que yo no? Creo que la respuesta puede estar en esta foto.

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Predicando sin palabras

El novicio que escribe se enfrentó el viernes de la semana pasada a su primera predicación. Acostumbrado a hablar en público, con una lengua que no calla ni debajo del agua, y frente a la tarea de predicar ante un impresionante público compuesto por… cinco personas. Trabajo fácil, pensarán; pues están equivocados porque me entraron más nervios que en mi primer día de prácticas.

Siempre me ha llamado la atención el uso que se da en este gremio a la palabra ‘predicar’, que casi siempre es sinónimo de homilía o variantes parecidas. En definitiva, de dar un discurso sobre algo tan importante como la Palabra de Dios, para que ayude a las personas que escuchan a conocerla y a sentirse acogidos por la Gracia. Casi nada. En la teoría todo el mundo defiende que predicar es algo que se hace en todos los aspectos de la vida, pero en la práctica el uso de este verbo ha quedado muy limitado. Entonces es cuando me sale la vena reivindicativa y digo que a ver si cambiamos un poco la forma de expresarnos. Que es obvio que se predica en una homilía. Pero también cuando da clase, cuando estudia, cuando pasea por la calle, cuando dedica tiempo a escuchar a alguien que lo necesita, o cuando es austero en sus gastos personales.

Y por reivindicar alguna forma de predicar en concreto, hoy haré publicidad del arte; pintura, música, cine, teatro, escultura, incluso arquitectura. Aquí van dos de mis cuadros favoritos:

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El primero es inconfundible por su estilo de luces y formas: El Greco. El segundo es un Caravaggio perdido durante la II Guerra Mundial, probablemente destruido. Se titula ‘La inspiración de San Mateo’ y fue desechado por el Vaticano, que obligó al pintor a hacer una segunda versión que mostrara más respeto por la santidad del apóstol. Estudiando Historia del Arte en la Universidad descubrí este cuadro y no me quito su imagen de la cabeza desde entonces; de eso hace ya seis o siete años. Parece como si el evangelista y el ángel dialogaran; como si el primero se viera sorprendido por todo lo que le está sucediendo, y el segundo le tranquilizara. Al mismo tiempo se ve un San Mateo que parece escudriñar en sus recuerdos al Maestro para hacerle justicia en su escrito. Se ve, en definitiva, a un hombre esforzado consolado y guiado por el ángel en su quehacer, muy lejos de un supuesto ‘éxtasis’ de iluminación. La fe cuesta.

Pero como este año veo difícil viajar a Toledo para ver los cuadros de ‘El Greco’ y tampoco espero encontrar milagrosamente el lienzo original de Caravaggio, me tendré que conformar con algo más cercano.

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Con este nombre el domingo se inauguró una exposición en el Convento de Santo Tomás de Aquino, en Sevilla, de la artista Puerto García Sierra (sobre estas líneas, una foto de la inauguración). Esta muestra pasó ya por Machacón (Salamanca) y Barcelona, ahora está en el sur. No es casualidad que esté en el claustro de un convento, donde permanecerá hasta Pascua. Para llegar a exponerse en este centro dominico de Sevilla ha pasado mil y una aventuras, hasta que finalmente una persona contactó con la persona adecuada, que a su vez contactó con la persona adecuada.

Y gracias a esta cadena que es de todo menos casualidad, tenemos la ocasión de mostrar unas obras “para rezar”. Lo pongo entre comillas porque no lo digo yo sino la artista, Puerto García. En sus obras nos ofrece una visión enfocada por sus ojos y su corazón de algunos de los pasajes más significativos de los Evangelios.

Entonces, me quedo mirando a su mendigo pidiendo en las esquinas, ese que abrió los ojos… y pienso que cómo no me va a acercar a Dios sentir esos trazos grises y dorados. Cómo no va a ser predicar sin palabras. O me acerco a los ojos que son viga, que son brizna y son espejo, para que me miren y yo me vea en ellos.

Una de las mejores cosas es que todo esto del arte exige tiempo e iniciativa. El cuadro (cualquier cuadro) está ahí, esperándo a que te acerques y le mires. Y te mires.

*la foto es de Valentín Miguel García Oviedo.

Procesionando por Sevilla: ‘sencilla’ (I)

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Este domingo tuve ocasión de iniciarme en un rito que se repetirá durante este año con frecuencia: ver procesiones. Estamos en Sevilla y esto de sacar a pasear a santos, cristos y vírgenes no es sólo cosa de la Semana Santa, aquí la costumbre se mantiene todo el año. Aunque un 15 de septiembre a las siete de la tarde haga un calor para derretirse.

Lo bueno es que empecé por una de las más sencillas, la ‘Divina Pastora’, según me comentaron los guías autóctonos una virgen con muy buen ‘ambiente’ entre sus fieles. Yo la verdad es que no me fijo en esas cosas pero en esta ciudad la vida social de las cofradías es de prioritario interés para el periódico, que aquí es el ABC. Y para todo el mundo que lo compra.

Sí es bueno aclarar que lo que aquí se llama ‘sencillo’, en otros lugares se llamaría ‘barroco’. Como me dijo hace poco un sevillano, “esta ciudad se ha quedado en el barroco”. Si las cosas van bien, ¿por qué cambiarlas? Y a Sevilla le fue muy bien cuando era el puerto de salida a América, antes de que este punto se trasladara a Cádiz. Aquí embarcó, por ejemplo, Bartolomé de las Casas hasta las Américas. Y es un estilo que le va muy bien a esta ciudad, que tiene un cierto donaire de hidalguía en sus plazas, en sus esquinas. Y un orgullo de ella misma.

En sí, la imagen de la Divina Pastora no tiene nada de especial, excepto las ovejas que la flanquean (que quede clara la imagen). Quizá lo que resulta más sorpresivo de todo este estilo de las procesiones y de la imaginería es pensar cómo una pastora pudiera conducir sus ovejas con semejantes mantos. En realidad, la advocación correcta es ‘Madre del pastor’, o algo así. Es decir, que no es la virgen la pastora, sino su hijo. Cualquiera que sepa sólo un poquito de religión lo sabe.

Existen, eso sí, elementos comunes a todas las procesiones. Por ejemplo, que todo está medido al milímetro y que, cuanto más complicadas sean las cosas para los costaleros, mejor. El espíritu hace que todo tenga algún motivo, alguna tradición o historia asociada. En el tramo en el que nos propusimos ver a la Divina Pastora, ésta fue encaramada por los costaleros frente a frente con un convento de monjas de clausura. Pero luego dieron marcha atrás y dirigieron su ruta por la calle más estrecha de todas las posibles. Lo dicho, cuanto más complicado, mejor.

Como sabía que íbamos a una procesión, decidí subirme en un contenedor para tener altura. El viejo truco del fotógrafo. Pero existe, o debe existir, una especialidad de ‘fotógrafo de procesiones’ muy típico de sevilla. Van todos trajeados, repeinados, y llevan sus cámaras con un trípode o preferentemente un monopie. Así levantan su cámara y le hacen fotos a la Virgen. A mí eso no me termmina de convencer; quiero decir, la estatua nunca va a cambiar su cara, si está sonriendo no va a hacer una mueca o a ponerse bizca. Va a estar siempre igual… entonces vista una foto… todas vistas. El arte está en el adorno de las imágenes. Que si tales flores, que si tal mano, que si tal bordado, que si tal palio (esta no llevaba), que si tal o cual joya, la otra peluca, etc.

Pero la prueba definitiva que me hizo saber que no estaba ante un acontecimiento tan espectacular es que tenía espacio vital suficiente.