No creo en las vacunas pero sí en Dios

Tengo que admitirlo: no creo en las vacunas. Nada. Ni una pizquita de fe en ellas, cero patatero. En cambio, creo en Dios. Mucho o poco… depende del día, porque hay veces que el espíritu va mejor y otros en los que enflaquece. He de decir que de pequeño cumplí escrupulosamente todo el calendario, y antes de irme a la selva acudí al departamento de Sanidad Exterior para que me pusieran las inyecciones pertinentes. Y aun así, sigo sin creer en las vacunas.

Pero es que no hace falta creer en las vacunas para saber que funcionan. Los estudios realizados con contrastadas metodologías han hecho de esta técnica médica algo altamente corroborado; además, el empeño de quienes han ido en su contra ha traído consecuencias desastrosas1. Así que basta con remitirme a un conocimiento desarrollado a partir de la investigación y la observación médicas. Por supuesto, si en breve tuviera que salir a otro país lejano volvería a mirar si necesito protección contra alguna enfermedad. La efectividad de las vacunas no es una cuestión de fe, sino de ciencia. Probablemente, en el futuro inventen algo mejor que las vacunas.

Al mismo tiempo, creo en Dios. Por más que cuente cómo ha cambiado mi vida y lo importante que es para mí. Por más que insista en que el amor mueve el mundo. Por más que esté convencido de que hay vida después de la muerte… es algo que no podré demostrar apelando al conocimiento científico. Esto sí es cuestión de fe y de experiencia vital. Si una persona no tiene experiencia de Dios, es difícil que crea. Por otra parte, es difícil pero no imposible adquirirla: hay caminos para ello, como abrirse al otro, explorar el silencio, o buscar ese rayo de luz en la oscuridad. Siempre y cuando queramos aceptar que el conocimiento es mucho más que la ciencia y que la realidad es mucho más que lo físicamente sensible. Y aun así, una condición necesaria pero no suficiente.

Quizá uno de los problemas de este mundo es que estamos convirtiendo la ciencia en cuestión de fe.

vacunas

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De la venta al alquiler

‘Repo: The genetic opera’ es una película que tuvo poco éxito en las salas de cine. En la ciudad donde la vi duró exactamente una semana. Es una consecuencia lógica de que estuviéramos unas 7 personas en la sala el día del estreno. La película en cuestión, Paris Hilton incluida, plantea un futuro en el que todos los seres humanos curan sus dolencias cambiándose el órgano afectado. Claro que es algo caro, así que necesitan financiación. Los bancos no aparecen en escena, y es la propia empresa fabricante de órganos la que deja pagar a cómodos plazos. Si fallas tres seguidos, viene un ‘recuperador’ y se lleva para la empresa lo que es suyo, sin anestesia ni nada, ya sea la columna vertebral, el corazón, o los genitales.

Y me preguntaba si estamos destinados a un futuro parecido, en el que por ejemplo toda la humanidad esté infectada de SIDA y seamos esclavos de los antirretrovirales de por vida, pero no sólo unos pocos, sino todos. Total, si ya todos estuviéramos infectados con el SIDA, no sería necesario tener cuidado para no contagiarse. Con tomar tres pastillas al día todo solucionado. Los hijos nacerían sanos pero, al poco tiempo, ya serían seropositivos. Una vida mucho más cómoda.

O si por ejemplo el ébola se expande y tenemos que tomarnos todos los días una pastillita para prevenirlo, sólo por si acaso. Bastaría con desarrollar un medicamento que no tuviera efectos secundarios. Quizá la solución fuera una vacuna que se aplique a todo el mundo, aunque fuera más barato desarrollar un tratamiento para la enfermedad.

Un mundo en el que la diabetes fuera tan común como la gripe, que todo el mundo, antes o después, la sufriera… inyección diaria al canto. Además, desarrollarían un medicamento para el parkinson que curaría los síntomas, aunque el sistema nervioso siguiera hecho un desastre. Y con unas pildoritas podríamos comer todo lo que quisiéramos, que ya se encargarían de regular la digestión del estómago.

Para las personas que lo pudieran pagar, algunas compañías generarían fármacos ‘ex profeso’, de manera que en una pastilla se concentraran todas las dosis diarias de insulina, antirretrovirales, y viagra (por si acaso). Para las que lo pudieran pagar más, ahí sí ya habría pastillas para tomar sólo cada mes, incluso curas definitivas (a precios astronómicos).

Al fin y al cabo, ese mundo no sería tan distinto del nuestro, en el que bebemos para olvidarnos del que se sienta a nuestro lado, hacemos el amor para no amar, chateamos para no hablar, vamos al gimnasio para no hacer deporte, y agregamos amigos para serlo.

No sería tan extraño que todo esto pasara en un mundo en el que compramos todo por dos años, que es lo mismo que alquilarlo. Coches, ordenadores, ni hablemos de los aparatos anteriormente llamados móviles.

¡Pero yo me rebelo, luchemos por el ‘para siempre’!