Comentario del libro ‘El otro es mi espejo’

presentacion libro
El martes 15 de enero cayó en mis manos un libro titulado ‘El otro es mi espejo: Un Dominico, Misionero y Antropólogo’, escrito por el padre Ricardo Álvarez Lobo, OP a modo de memorias. Recibí el ejemplar de manos del propio autor, junto con una invitación a la presentación del libro, que fue el viernes 18 de enero.
Hace unos días terminé con la lectura de estas más de 500 páginas, todas ellas centradas en un lugar muy claro: Sepahua. Después de cumplir con la obligación de enviar al autor mi comentario, me he decidido a escribir una reseña de este libro en el blog. Un libro marcado por la trayectoria vital e intelectual del padre Ricardo Álvarez Lobo, a quien sus compañeros conocen como ‘El piro’, por la gran implicación que tiene con esta etnia de la amazonía peruana.
Ricardo Álvarez Lobo ha permanecido más de sesenta años en el Perú, cincuenta de ellos en el Bajo Urubamba, para lo que sólo habría que descontar unos pocos años que invirtió en estudiar Antropología en París. Además, habla perfectamente el idioma yine (o piro). De ahí que su voz es ya de por sí toda una autoridad; mientras el resto de antropólogos permanecen un tiempo en las sociedades que estudian, él ha vivido con ellos y ha sido agente de su evolución.
Cuando uno se enfrenta a un libro, si conoce al autor y ha leído previamente algo de él, podría esperarse un texto científicamente muy riguroso y poco amigable, como su serie ‘Sepahua’. Sin embargo, y en línea con su anterior publicación ‘Sepahua: viviendo la esperanza’, este texto es alcanzable por cualquier persona con una formación media. Es accesible en casi toda su extensión, aunque hay algunos pasajes que siguen siendo muy pesados.
Esta transformación en el lenguaje no habría sido posible sin Rafael Alonso, director del Centro Cultural José Pío Aza, gran conocedor de la selva y dedicado a la divulgación de la labor misionera de los dominicos en el Perú.
Sintiéndome privilegiado por contar con el libro antes de la presentación, enseguida comencé con su lectura. Las primeras 160 páginas fueron como la seda, a partir de ahí el libro comenzó a ser un tanto farragoso y hasta que no llegué más o menos a la 300 no recuperé el ritmo, ahí sí hasta el final. Así que, antes de entrar a considerar más detalles, se puede decir que es una obra con un principio muy bueno, capaz de enganchar a cualquier lector a quien le guste la aventura. Después, hay una parte media que decae y aunque está correctamente escrita y cuenta cosas interesantes es un corte negativo. En la última parte del libro sí que empieza a remontar y termina en un buen nivel, aunque sin recuperar el de los primeros capítulos.

Experiencia lectora
La explicación de todo esto es que, en cierta manera, me sentí engañado. Ya en septiembre el padre Ricardo me comentaba que había escrito sus memorias y las iba a publicar, que me invitaría a su presentación (como así fue). Así que cogí el libro con la promesa de leer las memorias de un antropólogo que conoce la selva del Bajo Urubamba como la palma de su mano; y así fue hasta más o menos la página 160. Después, el libro comienza a adentrarse en disquisiciones antropológicas y abandona la estructura narrativa o, por lo menos, la deja en un plano muy sencundario. Nos deja de contar la película de su vida (realmente emocionante) y empieza a contar sus visiones antropológicas. No se trata de que nos cuente reflexiones o estudios poco interesantes, se trata de que de repente el libro cambia de registro y no está plenamente justificado.
Después de varias reflexiones antropológicas, llegan dos de los capítulos que más prometen, los dedicados a los sharanahuas y la experiencia de su contacto con la civilización. Los capítulos nos dan información muy útil pero son prácticamente un corta-pega del boletín Slopa, una revistita escrita por el propio Álvarez en los años 80 en la Misión de Sepahua.
Y por último tenemos varios capítulos en los que el padre Ricardo Álvarez desarrolla los puntos principales de su teoría antropológica, con rigor científico, mientras alterna algunas anécdotas sueltas que le llevaron a pensar en esas mismas teorías. Estos capítulos recuperan el ritmo, pero tienen algunas partes en las que su lectura se hace muy pesada y, definitivamente, no es un tema accesible para el gran público en bastantes de sus páginas.
De estos capítulos me quedo con sus reflexiones sobre la familia yine (o pira). Es el tema mejor estudiado por el padre Ricardo desde el punto de vista científico, pero en algunos puntos se hace de difícil comprensión, precisamente fruto de todos los datos que nos da el libro. En este apartado se relaciona con mitología, con teorías antropológicas, y con otras referencias que dan una visión de matices valiosos.

Qué le falta al libro
Ya hemos comentado algunas cosas que sobran al libro o que lo hacen difícil. Pero lo que le sucede a esta obra es que a quien conoce al padre Ricardo le faltan pasajes, tratándose de unas memorias. Fue el primer alcalde del distrito de Sepahua, tuvo muchas experiencias por el Inuya con los amahuacas y trabó amistad con algunos de ellos, tuvo una destacada actuación en los años 80 cuando la compañía petrolera Shell estuvo en Sepahua y se invadió su campamento… y nada de eso se relata en el libro.

Conclusión
‘El otro es mi espejo’ Merece la pena si uno está interesado en Sepahua, y también si uno está interesado en la historia de los indígenas en Perú en los últimos sesenta años. También merece la pena si uno quiere ampliar sus conocimientos sobre la antropología amazónica. Tiene algunos pasajes difíciles mientras que otros se leen con facilidad.

el otro es mi espejolibro

  • Título: ‘El otro es mi espejo: Un Dominico, Misionero, y Antropólogo’
  • Autor: Ricardo Álvarez Lobo, OP
  • Editorial: Centro Cultural José Pío Aza
  • Páginas: 576
  • Costo: 50 S./
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El yine no sirve para nada en la ciudad

He llegado en una época de cambios, sin duda, a este lugar de la selva. Vengo de ver una magnífica recopilación de fotos de los asháninka del parque nacional de Otishi, publicada por elmundo.es, que me han enviado dos personas a mi bandeja de entrada. Impresionantes imágenes que muestran algo que, sencillamente, ya no existe.

Nonos llamemos a error, las costumbres y creencias de este pueblo, y de los otros pueblos indígenas que pueblan la Amazonía, no han desaparecido de un plumazo. Pero a aquel que vaya a la selva, más le vale no esperar ver ‘calatas’ con los pechos descubiertos, pinturas imposibles ni kushmas elaboradas. Más bien, espérense ver jóvenes con botas de agua, un short y una camiseta de manga corta desgastada. Posiblemente, propaganda electoral de algún candidato que envió una remesa de polos a su comunidad y allí se repartieron. Es que el año pasado hubo elecciones.

Tampoco esperemos ver cómo hablan el castellano. Al menos, los jóvenes. Les voy a contar una prueba que hice en octubre, cuando comencé a impartir dos meses de clase en un colegio de Secundaria con alumnos de 10 grupos étnicos diferentes. “Hagan un programa de radio, y puntuaré mejor si lo hacen en su propia lengua”, les dije. De 75 alumnos, sólo cuatro utilizaron una lengua diferene al español. Pero de 75 alumnos, al menos 40 tenían una lengua materna que no era el español. “Es que no sé”, decían, a lo sumo, cuando no tomaban simplemente la opción de reír y callar. El “es que no sé” era, como mínimo, una verdad a medias.

Esos cuatro alumnos que sí hicieron su programa de radio en su idioma eran de etnia asháninka, precisamente sobre la que versa el reportaje fotográfico que mencionaba al principio del post. Quizá uno de los grupos más orgullosos de sus raíces y de su cultura. Es posible que eso se deba, en parte, a la historia de conflicto que ancestralmente han sufrido, siempre entre la selva y la montaña. Entre los incas y el resto de grupos étnicos, entre los colonos y el resto de nativos, entre los terroristas de Sendero Luminoso y la inmensa planicie que se extendía a sus pies. En los años 80 y 90, muchos asháninka ya no pudieron más y tuvieron que huir del valle del Ene al río Urubamba y otros lugares. Hoy día es posible encontrarlos en las quebradas más alejadas, en los ríos más apartados, en los lugares más recónditos y vírgenes de la selva. Lugares como Tangoshiari, en la cabecera del Pagoreni, o como Onconashari, muy cerca del nacimiento del Sepa. Dos lugares hasta hace décadas inhabitados por la raza humana.

Pero el caso de los asháninka y el de sus primos hermanos machiguengas, es peculiar y diferente. De lunes a viernes emitimos en Radio Sepahua un programa llamado ‘Noticias al día’en el que repasamos la actualidad. Esta semana hemos hecho un repaso a qué nos puede traer el año 2012. En una de las entrevistas, el padre Ignacio Iráizoz dijo lo siguiente: “Aquí lo que quieren los jóvenes es salir fuera”. A poder ser a Lima, añadiría yo. La cosa es salir de la selva y llegar al mundo desarrollado, ese en el que se puede tener móvil con internet, laptop, televisor y la ropa a la última moda. Y además, convertirse en un ingeniero y poder trabajar en la ciudad o en otro sitio; mejor si no se vuelve.

Entonces uno comprende que los propios padres fomenten que sus hijos no hablen sus lenguas en público y que no las aprendan. “Para qué les va a servir el yine en Lima”, piensan. Y, poco a poco, se va perdiendo la cultura. Y esos trajes, y esas pinturas, quedan para fiestas que se dan de año en año. Poco a poco se van perdiendo las diferentes lenguas porque no van a servir en una metrópoli de seis millones de habitantes. Lo que es peor, poco a poco los que viven en la selva la abandonan en busca de una vida que creen mejor porque hay teléfono móvil.

Ahora, imaginad el choque que supone que tu padre cace con arco y flechas y tú envíes e-mails.